En vista de lo que pasó después, quizá fue el día más importante de mi vida. Al menos, el más importante de los buenos. Era el 5 de enero de 1986. Me acuerdo como si fuera ayer. Era una navidad “triste” (con el tiempo, te das cuenta de que esas dificultades son las que te enseñan las cosas importantes de la vida) porque la economía de mi madre no daba para mucho. Y ese año no podía tener un regalo de Reyes como dios manda, así que esos Reyes iban a ser modestos. A mi no me importaba. Al contrario. Lo único que quería era un libro…

El último libro de J. J. Benítez, Estoy bien, se presenta este jueves 20 de marzo en el Espacio Bertelsmann (Calle O’Donnell 10, Madrid) a las 19.00 horas

Mi madre me acompañó a la librería de El Corte Inglés de Zaragoza para que lo eligiera. Empecé a rebuscar, a mirar, a sacar uno, a sacar otro… Sé que quería un libro de cosas extrañas, de misterios, de enigmas, de lo que fuera, pero en ese estilo y temática. Al rato, tenía dos obras en mis manos. Eran las que habían superado los primeros exámenes. Tenía que elegir.

Uno de ellos no diré de quién era ni cómo se titulaba; lo leí años después, a su autor lo respetaba y apreciaba. Pero lo importante era el otro libro. Miraba a uno y a otro. En principio, ese primero era el que tenía más puntos, pero las dudas –en eso, no he cambiado- me seguían atenazando. Tras muchos minutos, minutos y dudas, mi madre me recomendó cuál creía que me iba a gustar más. Y le hice caso. Poco después tenía mi regalo de reyes en las manos: La punta del Iceberg (Planeta, 1983) de Juan José Benítez. Esa noche lo empecé a leer, más bien a devorar. Lo acabé a la mañana siguiente, en la mañana de Reyes. Era mi regalo, mi pequeño regalo el año en el que la economía andaba mal, el año en el que “sólo me podían” comprar algo sencillo y barato porque el bolsillo andaba mal. Que nadie lo dude: lo pequeño es grande.

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Ahora, cuando rememoro aquello, creo que volví a creer en los Reyes Magos. No eran, como me habían dicho años atrás, los padres, porque algo tan mágico, tan transformador, tan rotundamente sutil como para cambiar una vida… algo así, no puede ser casualidad… ¡tenía que ser obra de ellos! Aunque, pensándolo bien, y ya en serio, mi rey mago fue mi madre (como siempre). Si hubiera elegido el otro libro, posiblemente mi vida habría sido otra, porque la obra que me insistió que cogiera transformó mi vida. Sin ese regalo, el mejor que recuerdo, yo no estaría aquí. Sería otro, no sé si mejor o peor, pero posiblemente mi vida no hubiera cambiado ese día, y mis pasos, buenos o malos, se hubieran encaminado en otra dirección, hacia otro trabajo y otro tipo de existencia, porque recuerdo perfectamente lo que pensé tras cerrar aquellas páginas: “Quiero hacer lo que hace él”.

Tras ese libro llegó otro. Y otro. Y otro. Buscaba aquí, allá, saldos, oportunidades, bibliotecas, préstamos… Juntaba dinero, el que podía, y me iba a comprar más. Año y medio después, aquel adolescente empezó a coger micrófono y grabadora –y, como aquel autor decía: cuaderno de campo-, a hablar en la radio, a escribir informes, ideas, artículos… Salí de viaje, con mis pocos años, para sufrimiento de mi rey mago, que miraba las horas esperando que volviera aquel joven loco que cogía autobuses y trenes destino a donde se había visto un ovni o pasaba algo raro.

Hoy sigo dando esos pasos y ese camino, mi autopista, con sus paradas, sus exploraciones y sus carreteras secundarias, es lo único que siempre ha estado junto a mi. He seguido esos temas y otros que me resultaron igual de apasionantes, bien con mis libros, bien con mis programas de radio, bien con mis revistas, pero la filosofía, energía, forma de trabajar e ideas me las dieron esas enseñanzas. Recuerdo la emoción que tuvo aquel jovenzuelo cuando recibí una carta suya en mi buzón, después de que le escribiera a la editorial, en una carta en la que le explicaba mis sueños. Conocí a J.J. Benítez en febrero de 1989. Siempre estuvo ahí.

Nunca faltaron sus cartas, sus dedicatorias, sus apoyos, su mano tendida en todo lo que hice y hago en mi vida. Envidio de él su esperanza y energía. Cuando tuve la fortuna de leer su nuevo trabajo, Estoy bien (Planeta, 2014), su libro número 57, en el que aparece ese J. J. Benítez que me encandiló, investigador, buscador e incansable, en una obra que va a llenar de esperanza a mucha gente, me sentí el hombre más agraciado del mundo y recuperé los recuerdos y sueños de aquel adolescente. Y lo que son las cosas: el libro empieza relatando una serie de encuentros que tuvo en 1968 con un periodista zaragozano. Esas entrevistas las tuvo a sólo 300 metros de donde compré aquel libro que transformó mi vida y dibujó mi futuro. Y a sólo 150 metros de donde le conocí. Ya saben lo que dicen de las casualidades… (Por cierto, puede creerse o no, pero mientras escribo estas líneas suena una canción donde escribo titulada Casualidades, escrita por un cantante de… Zaragoza. Y dice: Si no estás atento a las señalaes del cielo pasa de largo el momento, bifurcaciones de la vida… mantén los ojos abiertos). ¿Casualidad?

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