Nota previa en el 10º aniversario de la tragedia: Son muchas las reflexiones e ideas que vienen a la mente en el momento de cumplirse el decenio del atentado más grave de la historia de España. Lo primero, evidentemente, es poner letras de oro a los de las 191 víctimas que se llevó por delante la sin razón y la brutalidad que se ejecutó el día más negro que hayamos vivido en muchas generaciones. Las víctimas, creo, están, al margen de diferentes versiones e interpretaciones, más unidas que antaño. Respecto a otros factores tengo más dudas. Mientras unos medios llenan, con cierto exceso, páginas y minutos en informar sobre los presuntos fallos de la “teoría de la conspiración”, otros hacen lo propio pero ofreciendo los datos sobre sus dudas. La duda que me queda es si los primeros, que critican la publicación de estos datos, no están haciendo lo mismo que los segundos. No debía haber ocurrido, ni ahora ni antes eso. El terrible suceso dividió a la sociedad entre los favorables a las tesis oficiales y los contrarios a esas hipótesis. Y, por delante, nos llevamos el lícito y digno ejercicio de la discrepancia, que es la base de toda convivencia y, precisamente, lo que pretenden evitar quienes estaban detrás de la barbarie. Desde aquí, el recuerdo y el homenaje a las víctimas y heridos, que en un día como éste, deben ponerse delante de cualquier divergencia.

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Me hacen esta pregunta muchas veces. El libro no se puede conseguir. Y no se podrá. Hay quienes piensan que hubo una suerte de censura que se lo “cargó”. Voy a explicar rápidamente  qué ocurrió. El libro 11-M Claves de una conspiración vio la luz apenas dos meses después del atentado. Fue uno de los primeros en llegar a las librerías. Eso tiene premio. Fue la primera y última vez en mi vida que vi cómo la obra alcanzaba el puesto número 4 en ventas de obras de no ficción. También hay mucha leyenda sobre este asunto. La edición fue de 8.000 ejemplares, que es una barbaridad. Muy pocas veces las editoriales se atreven a tanto. Un par de meses después de publicarse estaban casi vendidos, que es algo como decir que tres cuartas partes de los ejemplares ya tenían comprador. La editorial me anunció una segunda edición… pero nunca llegó. Los libros se agotaron y –yo incluido- nadie pudo conseguir uno nuevo. Se extinguió.

“Fueron otros los que a partir de sus datos, y a partir de mi libro, quisieron vestir esos acontecimientos dentro de esa teoría que no era sino lanzar sospechas sobre el nuevo gobierno salido de las urnas tras el 11-M”             

Cuando sucedió aquella tragedia terrible, estaba trabajando en una obra sobre Al Qaeda en España. Tenía mucha información y documentación que hacía fuerza para salir, especialmente porque desde la Casa Blanca habían decidido usar el nombre de nuestro país –se lo prestaron, para eso y para más, como para decir sí a todo, por ejemplo sí a la guerra de Irak- y señalar a España como lugar importante en la preparación de los atentados sobre el 11-S, suceso respecto al cual había publicado en septiembre de 2003 un libro titulado 11-S: historia de una infamia (Ed. Corona Borealis). Consideré que podía ser el momento de dar a conocer todos aquellos datos. Fueron dos meses de trabajo arduo. Descubrí cosas muy interesantes e importantes, pero con el paso de los meses, y en parte por culpa del título del libro, quienes veían la portada de mi libro y la temática de inmediato asociaron el trabajo a la llamada “teoría de la conspiración”, que a través de determinados medios estaba haciéndose hueco.

Pero cuando escribí el libro, y cuando se publicó, aún no había aparecido ningún estudio digno sobre el tema, a excepción de los artículos en el diario El Mundo, de Fernando Múgica, pero los trabajos de Múgica no incidían especialmente en la llamada “teoría de la conspiración”. Simplemente, había descubierto una serie de datos sospechosos, a tener en cuenta, documentados e inquietantes. Fueron otros los que a partir de sus datos, y a partir de mi libro, quisieron vestir esos acontecimientos dentro de esa teoría que no era sino lanzar sospechas sobre el nuevo gobierno salido de las urnas tras el 11-M. No se decía claramente, pero más o menos venía a decirse que el atentado benefició a la oposición, que utilizaron la información, que gracias a todo ello pudo movilizar a la sociedad española, y que incluso, personajes cercanos al nuevo gobierno podrían estar implicados en aquellos sucesos…

La “teoría de la conspiración” tuvo aceptación por parte de un sector de público y encontró su caja de resonancia perfecta. Esa teoría tuvo tanta fuerza –tanta que incluso hasta hoy la siguen creyendo muchas personas- que invalidó cualquier estudio e investigación al respecto. De inmediato estabas en un lado o en otro. O admitías la versión oficial –era Al Qaeda-, o admitías la versión conspirativa –era ETA o incluso alguien que llegó a utilizar a los terroristas de ETA para ejecutar un acto que cambiara las intenciones de voto-. Mi libro no estaba en sintonía con ninguno de los dos extremos, pero mucho menos del segundo. Defendía que era Al Qaeda, pero al igual que en mi libro del 11-S señalaba y documentaba una serie de incógnitas sobre Al Qaeda, sobre el pasado del grupo, sobre su propia naturaleza, sobre Bin Laden y sobre los atentados que se le atribuían.

Era todo más complejo, más siniestro, era un terrible juego de intereses, de casus belli que llevaban a determinados órganos de poder a actuar según unos planteamientos geoestratégicos previo. Y esas mismas fuerzas e incógnitas estaban presentes en el 11-M. “Necesitamos un suceso catalizador, una suerte de nuevo Pearl Harbor que sirva para efectuar una serie de maniobras”, decía un informe que fue elaborado en el año 2000 por algunos personajes que después alcanzaron el poder en Estados Unidos. Es más: incluso documentaba en el libro cómo el atentado del 11-M no había decidido tanto el voto como se creía, que eran otros factores los que influyeron. La cuestión es que, pese al título, el libro del 11-M no defendía la teoría de la conspiración (lo que no quiere decir que abrazara la versión oficial de forma ciega). Y sin embargo, el libro desapareció.

Es más sencillo. La editorial, como empresa, estaba creciendo, en parte, gracias a la publicación de algunos libros de autores vinculados al nuevo gobierno. Pero nadie dijo nada ni sugirió nada, ni hubo censura ni nada por el estilo. Simplemente, dejarlo pasar fue, más bien, una decisión, no diré si acertada o no, de la empresa. Pero la cuestión es que, hoy por hoy, digas lo que digas, opines lo que opines, da igual: hablar parece que exige situarse en A o B. No puedes decir que no has concluido ni A ni B. O te sitúas a una u otra vera, o simplemente, no existes y te condenan ambos. Eso es lo que pasó con el libro. Se extinguió por no entrar en A o B. E incluso, yo mismo, casi prefiero que sea así y que el libro siga desaparecido.