Creo que cada uno tiene su historia y su recuerdo, y mantiene en su corazón los sentimientos que le invadieron aquel día que ojalá jamás hubiera existido. Recuerdo, perfectamente, que fue una noche como tantas otras, una noche de trabajo, una noche de ordenador, una noche entre papeles… Y caí rendido de sueño y de cansancio. Ni siquiera escuché el despertador cuando sonó, no muchas horas después. Tampoco escuché el teléfono, porque sencillamente, quien me estaba llamando, mi hermano, no podía contactar. Me llamaba desde su casa en Zaragoza. Las líneas estaban bloqueadas y se habían colapsado, pero finalmente, sus llamadas cogieron línea y mi teléfono sonó. Y me despertó. Quizá eran las diez de la mañana. Su voz sonaba aliviada. En cuanto se recuperó me dijo que pusiera la televisión, que algo había ocurrido en la estación de Atocha, que menos mal que estaba dormido y no había ido todavía al trabajo y había evitado el transporte urbano. Cuando la prendí, la primera imagen me dejó estupefacto. Sobra decir y explicar qué estaba viendo. Era el comienzo de un día que jamás olvidaremos y que jamás debió existir.

A esa misma hora, cientos de personas estaban intentando contactar con los suyos sin conseguirlo. También para ellos las líneas estaban bloqueadas hasta que, finalmente, lograron que el teléfono les diera señal, pero tras esa señal no había nadie. Había miles de personas buscando a los suyos. Y muchos no los encontraron porque estaban en aquellos trenes que habían estallado y sus teléfonos sonaban entre los escombros de aquellos vagones. Habían fallecido porque el maldito destino les habían conducido a la hora y el lugar en donde les esperaba la sin razón y la barbarie en forma de explosivos que destruyeron aquellos trenes y las vidas que iban dentro.

La mayor parte de ellos vivía en los barrios exteriores de Madrid y estaban construyendo el mundo por el que luchaban. Entre las víctimas había gente de toda condición social, económica, cultural y de diversas nacionalidades. Ellos representaban lo mejor del mundo y el triunfo de los ciudadanos que luchaban por una realidad mejor. Y los mataron vílmente, inundando de lágrimas la ciudad, el país, el continente y el mundo entero. Nunca antes los ojos de todo el planeta miraron al unísono a España como aquel día. Ojalá nunca más lo vuelvan a hacer. Ojalá nunca suenen tantos teléfonos sin que nadie los descuelgue al otro lado.

“Entre las víctimas de la barbarie había gente de toda condición social, económica, cultural y de diversas nacionalidades. Ellos representaban lo mejor del mundo y el triunfo de los ciudadanos que luchaban por una realidad mejor”

No sé cuánto tiempo después. Si media hora, si una hora… La cuestión es que salí a la calle para coger un taxi que me llevara a la redacción de la revista Enigmas, en donde trabajaba por entonces. El conductor no habló. Nadie hablaba. Las calles estaban casi vacías cuando cualquier otro día, a esa hora, en pleno centro de Madrid, bullía la vida, el movimiento, el caos, los atascos, lo que tanto nos fastidiaba en otro momento y lo que tanto echábamos de menos aquel día. Fue un silencio que me impresionó. Era el latido de una ciudad que no volvería a ser igual. Un latido que se había detenido. Un latido que era un latigazo de un dolor que nos azotó a todos aquella mañana que recordaremos siempre, una lección que nunca debió dar nadie pero que hoy, diez años después, volvemos a recordar con el corazón encogido y los recuerdos de cómo lo vivió cada uno. Y aquel silencio y extraña tranquilidad que paralizaba la ciudad era el mismo que me encontré cuando llegué a la redacción y me saludé con mis compañeros. Nadie decía nada. El silencio lo podía todo ante el recuento de la cifra de víctimas de aquellas explosiones…

Finalmente, fueron 191 personas las que perdieron la vida y miles los heridos. Y decenas de miles los afectados directamente, de una forma u otra. Seguramente, ahí donde se encuentren las víctimas, nos susurran pidiendo que luchemos por un mundo mejor, más pacífico y más justo. Luchemos por lo que nos dicen. “Querían separarnos, pero nos unieron más”, dice una de las pancartas que durante todo este tiempo alguien colocó en uno de los lugares en donde se produjo una de las explosiones. Hagámosles caso a ese mensaje, tengamos o no ideas contrarias unos y otros. Eso es lo que seguramente quieren y desean las 191 personas que ese 11-M les sesgaron la vida y los sueños.