Fotograma de 'La cinta blanca', de Haneke.

Fotograma de ‘La cinta blanca’, de Haneke.

Entramos ya en el año 2014. No sé si somos conscientes de ello aún, pero se trata de uno de los centenarios más relevantes que vamos a vivir. Hay tres momentos que determinan el siglo XX: el comienzo de la Primera Guerra Mundial, el arranque de la Segunda y, por supuesto, la caída de la bomba atómica. Los tres hechos simbolizan la oscuridad y muerte con la que siempre será recordado este periodo.

Sin embargo, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, la primera estalló sin previo aviso. Nadie esperaba justo en estas mismas fechas –y por ello hemos querido contar en este número cómo fueron las pacíficas y felices navidades de 1913– lo que en cuestión de meses iba a suceder. Los recuentos sobre el número de víctimas que depararon los cuatro años de conflicto son contradictorios, fundamentalmente porque hablamos de algo tan rotundamente brutal que el vértigo que sentimos al decirlo nos causa entre vergüenza y horror. Se habla de 10 millones de soldados muertos. Y de otros tantos –millón más, millón menos… qué horror que tengamos que hacer cálculos así– civiles que cayeron, sin contar con los discapacitados que dejó el conflicto, porque las armas que entonces se usaban provocaban esas consecuencias. Luego se perfeccionaron algo más, y en la segunda gran guerra, si te caía una bomba, morías de todas, todas, mientras que en la primera, si te caía una bomba morías o, muy posiblemente, te quedabas sin brazos y sin piernas. ¡Bendito desarrollo que se muestra en cómo perfeccionamos la precisión para matar en el periodo entre guerras!

Pero ojo, aunque la contienda bélica empezó de forma improvisada, el caldo de cultivo para que esto sucediera se estaba alimentando con fruición desde las altas esferas de poder. Por un lado, existía un concepto imperialista en las naciones más poderosas que llevó a los gobernantes a intentar conquistar más y más, sin descanso, sin freno y sin compasión. Y, por otro lado, gran parte de la sociedad de esos países empezó a mostrar unos sentimientos nacionalistas que generaron un odio que alimentaba el espíritu de las gentes. Si no odiabas y lastimabas al prójimo, es que no eras nadie. Hay una película que muestra las causas intrínsecas de esta situación social; se trata de La cinta blanca, de Michael Haneke, uno de cuyos fotogramas ilustran este editorial. Los expertos consideran a esta película una de las mejores obras cinematográficas de todos los tiempos, pese a que se firmó en el siglo XXI, siglo vacuo en donde existen sólo un puñado de obras filmográficas que merecen ese calificativo. Claro que, posiblemente, en ese puñado no existan más que películas del mismo director. Eso es lo que presenta La cinta blanca, en la cual un puñado de niños sometidos a los rigores de una vida de sumisión –si aprendían eso, qué íbamos a esperar de ellos– muestran una ausencia de compasión patológica. Ellos no estaban enfermos. Era la sociedad la que tenía un cáncer. La película acaba con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En absoluto es casual. Sus padres, los que les enseñaron ese comportamiento, fueron al frente de inmediato, mientras que ellos crecieron y, como nada se solucionó, son los que años después irían también al frente para hacer la Segunda Guerra Mundial. Así fue el siglo XX. Así fue ese 1914 del que ahora se cumple un siglo. Así es la historia del ser humano: el odio lo mueve todo y nosotros estudiamos –le llamamos historia– sus creaciones…