Fachada del Pentágono tras el impacto en la mañana del 11 de septiembre de 2011.

Fachada del Pentágono tras el impacto en la mañana del 11 de septiembre de 2011.

Con el paso de los años, algunas teorías conspirativas sobre los acontecimientos del 11-S han mermado la credibilidad de quienes han sostenido desde el principio que la versión oficial que el gobierno de los Estados Unidos ofreció al mundo no encaja con la realidad. Y de entre los diferentes ataques de aquel día, las dudas sobre lo ocurrido en el Pentágono siguen en pie. Nadie ha explicado todavía qué ocurrió allí.

Thierry Meyssan revolucionó el mundo editorial en marzo de 2002 cuando publicó el libro La Gran Impostura. En pocas semanas, su obra alcanzó el número 1 en las listas de ventas de Francia. Apenas un mes después, fue traducido a diez idiomas y ocupó el top ten entre los más vendidos de España, Alemania, Israel, Reino Unido, Italia o Japón. Apenas habían pasado seis meses de los atentados del 11-S y hasta entonces nadie se había atrevido a sugerir que el gobierno de los Estados Unidos había mentido a la opinión pública mundial al divulgar la “versión oficial” de unos hechos que cambiaron para siempre el curso de la historia. Entre las afirmaciones que vería en su libro hubo una que daría mucho que hablar: aquella mañana no se estrelló un avión secuestrado en el Pentágono. Posiblemente, se trataba de un misil…

En 2006, el Departamento de Defensa de Estados Unidos decidió plegarse ante la petición de la organización Judicial Watch, que pedía la desclasificación de las imágenes de video que mostraban el momento del atentado. De este modo, el presidente de este organismo –autodefinido como conservador– decía que por fin «podrán acallarse las teorías de la conspiración». Apenas unas horas después del anuncio oficial, las televisiones de todo el mundo divulgaban dos secuencias obtenidas por las cámras de seguridad del Pentágono en las que según la nota oficial podía verse el vuelo 77 de la compañía American Airlines cuando impactaba contra el gigantesco edificio. Sin embargo, pese a que las imágenes fueron presentadas como la prueba definitiva, la realidad es que en ninguno de los dos vídeos podía verse avión alguno. De este modo, las nuevas imágenes no sólo no negaban la teoría de la conspiración, sino que la fortalecían.

Al mismo tiempo que el Gobierno de los Estados Unidos daba a conocer las imágenes, Meyssan volaba de París a Madrid, en donde lo entrevistaba pocas horas después de la aparición de las imágenes. Su sorpresa era mayúscula, especialmente respecto a los medios de comunicación: «Han presentado el vídeo sin ningún examen crítico ni racional, diciendo que era la prueba de que un avión se estrellaba contra la fachada del edificio. Sin embargo, las imágenes no muestran nada de eso.» Para él, todo lo ocurrido responde a un efecto propagandístico en el que se ha puesto en práctica una vieja técnica de comunicación –la teoría de Gestalt– que consiste en «decirnos previamente lo que vamos a ver para modelar nuestra creencia antes de visionar unas imágenes que no muestran aquello que nos han dicho. Nos dicen, ‘mira: aquí está el avión –dice Meyssan extendiendo la palma de la mano y señalandola con el índice de la otra– como puedes ver’. Pero no se ve avión».

¿Dónde está el avión?

Realmente, así es. Uno de los fotograma de la primera de las dos filmaciones muestra una pequeña estela humosa desplazándose a ras de suelo e intantes después se percibe la explosión. Mientras, la segunda muestra la aparición de un objeto alargado y ahusado a ras de suelo. Sin embargo –a causa de la extrema velocidad a la que se desplazaba– “aquello” sólo se puede percibir en un solo fotograma. Quien la ha visto y analizado no lo duda: «Es mucho más pequeño que un avión de pasajeros, además, todo lo que aeronáuticamente conocemos de ese atentado no encaja con la versión oficial», sentencia Pablo Díaz, quien hasta hace muy poco ocupaba el cargo de Jefe de Operaciones de Control del Aeropuerto de Barajas.

«Todo lo ocurrido en aquel atentado, según se explica en la versión oficial, no pudo suceder», nos explican fuentes aeronáuticas. 

La seguridad con la que se manifiesta Pablo Díaz –uno de los pilares básicos del Aeropuerto de Barajas durante los últimos 30 años– es la verdadera demostración de que la teoría que sostiene que el 11-S no se estrelló un avión en el Pentágono no es una simple propuesta conspirativa, tal y como se ha dicho con ánimo desmitificador, sino que se sustenta sobre una ingente e imnegable información técnica. Para él, las recientes imágenes desclasificadas no son sino una confirmación de que la “versión oficial” no encaja, algo que ya había percibido tras examinar con ojos de controlador aéreo y conocimientos como piloto el informe oficial de los hechos: «Por su velocidad y maniobras, no puede tratarse de un avión de ese tipo, simplemente, parece que el informe quiere adaptar los datos para ajustarse a lo que se dijo sobre aquel atentado. Entre otras cosas, el giro que efectúa antes de acercarse al Pentágono sobrepasa los límites físicos y no los soporta ni un avión ni ningún humano». Y es que él también es de la opinión de que el objeto que se estrelló podría ser un misil, entre otras cosas porque en un momento determinado, a 500 kiómetros de Washington, el vuelo 77 desapareció de todas las pantallas de radar. Oficialmente aquello se debió a una avería en los sistemas de detección. Sin embargo, cuando un objeto no identificado fue captado en las próximidades de Pentágono, ni su señal, ni sus movimiento ni su velocidad coinciden con la de un avión. Es como si el vuelo 77 hubiera dejado de existir mucho antes de que se produjera el atentado contra el Pentágono.

Las pruebas niegan la versión oficial

El debate sobre el atentado contra el Pentágono eclosionó en marzo de 2002. Por aquel entonces, se filtró una secuencia de cinco fotogramas en los cuales no se observaba un avión sino una “estela” que se aproximaba a enorme velocidad a ras de suelo antes de que una poderosa explosión se desencadenara en la fachada del edificio. Pero ya entonces, numerosos estudiosos estaban investigando aquello. El propio Thierry Meyssan ya había concluido que no fue un avión lo que impactó. También Andreas Vön Below, exministro de Tecnología del gobierno de Alemania pensaba así. Se basaban en la ausencia de restos del avión, en la inexistencia de testigos que lo vieran estrellarse o en el extraño comportamiento de las autoridades tras el atentado.

Por aquel entonces, la imagen de la fachada quebrada del edificio se convirtió en el icono de aquel atentado. A menudo se exponía esa imagen como la demostración del efecto del impacto del Boeing 757. Sin embargo, acababa de descubrirse que, en realidad, el objeto que colisionó no había provocado aquello, sino que la fachada había cedido aproximadamente media hora después como consecuencia del incendio generado en el interior del Pentágono. Las imágenes –que acompañan a este texto– resultaban muy significativas. En realidad, el objeto que se había estrellado entró por el edificio a la altura del primer piso y cruzó como si fuera una bala los tres primeros anillos de los cinco que conforman el Pentágono perforando de forma milimétrica seis muros de hormigón preparados –no obstante, estamos hablando del edificio más seguro del planeta– para resistir cualquier tipo de impacto y que sólo es vulnerable frente a un misil. Además, en el tercero de los anillos había quedado perfectamente dibujado el orificio de salida, cuyo diámetro era de apenas 2,30 metros.

Ninguna de aquellas imágenes fueron divulgadas por los medios de comunicación, pero en sí mismas contradecían la versión oficial ya que un avión nunca hubiera penetrado de ese modo en el Pentágono, sino que nada más impactar hubiera dañado parte de la fachada de forma asimétrica y los restos de la aeronave habrían quedado esparcidos frente al edificio. Sin embargo, la serie de imágenes de las que disponemos no muestran nada parecido. No hay restos de fuselaje. Tampoco la explanada de cesped que tuvo que el Boeing 757 tuvo recorrer casi arrastrándose mostraba señal alguna, puesto que se encontraba intacta. Quizá por ello, apenas unos minutos después los agentes del FBI que se encargaron de la escena del crimen cubrieron de tierra todo el terreno, una actuación que despertó muchas sospechas puesto que los agentes federales también requisaron las grabaciones obtenidas por las cámaras de seguridad de un hotel y una gasolinea próximas que miran directamente al lugar del impacto. Casi cinco años después, esas filmaciones continúan sometidas al secreto oficial.

A las sospechas también había que unir la actuación de los bomberos que llegaron al lugar del atentado cinco minutos después de que se produjera, ya que tras un rápido examen del fuego que partía del Pentágono decidieron hacer frente a las llamas con agua y no con espuma, algo que se hace cuando se considera que el origen del fuego está en una explosión y no en una deflagración provocada por hidrocarburos, que es lo que ocurre cuando un avión se estrella. Así, la aparición de la primera filmación en marzo de 2002 vino a sostener la teoría del misil, puesto que las características de la detonación que se observa en las imágenes es coincidente con una explosión.

¿Una maniobra de distracción

La aparición de nuevas imágenes avaladas por el Gobierno ha sorprendido a quienes han dado a conocer numerosas referencias para sostener la teoría del misil. Y ha sorprendido porque, en cierto modo, las dos filmaciones desclasificadas avalan más la teoría del misil que la versión oficial. ¿Acaso el Pentágono pretende intencionadamente fomentar la teoría de la conspiración? La desclasificación de estas imágenes tendría como posible objetivo provocar un debate antes de que se revelen otras filmaciones en las que sí podría observarse un avión: «Aunque en el Pentágono se hubiera estrellado realmente un avión, las pruebas sobre la existencia de una conspiración interna en el 11-S son abrumadoras, pero si nuevas filmaciones del atentado aparecieran y con ellas se sustentara la tesis oficial, entonces ningún otro punto oscuro de la versión del Gobierno sería puesto en duda por parte de la opinión pública».

Curiosamente, la organización Judicial Watch ha anunciado que existen posibilidades de que se den a conocer alguna de las 83 filmaciones restantes que tuvieron que grabar lo ocurrido como las conseguidas por el circuito cerrado de seguridad vial que se encuentra en la autopista anexa al edificio o la obtenida desde el Hotel Sheraton, desde cuyo restaurante una cámara de vídeo filmó lo ocurrido pero agentes del FBI requisaron estas y otras tomas muy pocos minutos después de que tuvieran lugar los hechos, según pudimos confirmar en nuestra investigación publicada en el libro 11-S: Historia de una Infamia (Ed. Corona Borealis, 2003).  El francés Thierry Meyssan no comparte esta tesis. En su opinión, ninguna de las filmaciones clasificadas como secretas pueden mostrar un avión. En todo caso, “en  ellas se vería un misil” y por ello se ocultaron a la opinión pública, puesto que ciertamente hubiera tenido un efecto catalizador darlas a conocer hace mucho tiempo para sostener gracias a su impacto visual la agenda bélica en Oriente Medio y Asia Central que se puso en marcha tras el 11-S.

Es complejo explicar cómo un misil logró atinar en el objetivo por casualidad logrando “vencer” al sistema de defensa del Pentágono que, ese día, parecía estar con los brazos bajados. Tampoco parece fácilmente explicable el hecho de que el impacto se prdujera en el ala del edificio que acababa de ser remodelada y en la cual no se encontraba ningún alto mando del Ejército liderado por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld quien, en unas declaraciones confusas de comienzos de 2005, llegó a hablar del atentado causado “por el impacto de un misil” el 11-S. Se dio por explicada la confusión alegando que fue un lapsus lingue…

Las pruebas en contra de la “versión oficial” se han acumulado sin cesar durante este tiempo, algunas de las cuales han sido aportada por el científico Gerald Holmgren, que ha analizado todos los efectos físicos del atentado contra el Pentágono. Concluyó que la «versión oficial es un escenario imposible». Entre otras cosas, apuntó las siguientes: «Un Boeing hubiera causado mayores daños […] Ni siquiera la ventanas que están a tres metros del impacto están rotas… Si el avión se hubiera evaporado, es imposible que se hubieran identificado a las víctimas por el ADN, tal y como dice el Gobierno, puesto que el ADN se destruye a los 600 grados de temperatura, mientras que para que el avión desaparezca debe generarse mucho calor […] Una cremación así no cuenta con antecedentes en la historia de la aviación […] Sólo hay una razón para creer que fue un avión: tener fe en lo que no puede ser, fe en lo que dice el Gobierno, ya que creer en la versión oficial implica creer que se pueden quebrar las leyes de la física.» Y lo sucedido aquel 11-S quiebra la lógica si situamos esa lógica sobre la versión oficial que tras la aparición de nuevas imágenes queda de nuevo en entredicho.

Comparación de las distintas versiones.

LA VERSIÓN OFICIAL SEGÚN EL INFORME 911

LA OTRA VERSIÓN

8.10 horas: El vuelo 77 de American Airlines, un Boeing 757 con 58 pasajeros a bordo, partió del aeropuerto Dulles de Washington. Este dato no se puede confirmar, puesto que en los registros del Departamento de Transporte aparece que no existió el vuelo 77. Si los datos fueron borrados, es porque algo se quería ocultar.
8.46 horas: El vuelo alcanza la altura de crucero, a 10 kilómetros sobre el nivel del mar.
8.51 horas: El vuelo 77 emite la última comunicación rutinaria por radio.
8.54 horas: El avión altera su plan de vuelo y gira hacia el sur. En ese instante, el transpondedor fue desconectado y desaparece la señal de radar captada por el Centro de Control de Tráfico Aéreo de Indianapolis. Aparentemente, el secuestro se ha tenido que producir entre las 8.51 y 8.54 horas. La desconexión del transpondedor no debe ir acompañada de la desaparición en el radar de la señal emitida por el avión. La captación en radar primario –para entendernos: detecta todo aquello que está en el aire– nunca se pierde a no ser que el objeto “controlado” desaparezca físicamente. Lo único que desaparece es la señal en el radar secundario, que capta sólo aquello que emite una señal a través de transpondedor, facilitando así la labor de los controladores. Posible explicación: sólo la desaparición física del vuelo 77 explica que no se detectara en el radar.
9.00 horas: la ejecutiva de American Airlines recibe la primera información sobre la pérdida del vuelo 77.
9.10 horas: En American Airlines sospechan que el segundo de los aviones que se estrelló en las Torres Gemelas podría ser el vuelo 77. Posteriormente, esta teoría se descarta. Lógicamente, los técnicos y controladores dan por hecho que el vuelo 77 no está en el aire al haber desaparecido del radar, razón por la cual sospechan que puede tratarse del avión que se ha estrellado en Nueva York. Explicación: ningún técnico podía sostener ya que el vuelo 77 seguía existiendo.
9.29 horas: Los radaristas del aeropuerto Dulles captan un eco no identificado en el radar de primario que se dirige hacia Washington. En ese momento, se encuentra a 61 kilómetros al sur del Pentágono a 2.100 metros de altura. El Informe 911 asegura que ese “no identificado” era el vuelo 77. Los cálculos indican que el avión estuvo “desaparecido” durante 35 minutos y que durante ese tiempo estuvo volando a una media de 885 kilómetros por hora. Tal velocidad es enormemente compleja para el Boeing 757 en las condiciones de vuelo existentes. Explicación: existe un alto íncide de posibilidades de que el “no identificado” no fuera el vuelo 77. Por otra parte, no hay explicación científica para justificar la desaparición del radar y su brusca aparición 35 minutos después, a excepción de que los captado por Dulles fuera un objeto que acabara de empezar a existir, lo cual es factible al encontrarse a muy baja altura. Lógicamente, los radaristas de Dulles calificaron aquel objeto como “no indentificado” y no pensaron que se tratara de un avión.
9.34 horas: El vuelo 77 se encuentra a 8 kilómetros del Pentágono y efectúa, según los registros radar, un giro de 330 grados y desciende a 700 metros. En función de los datos del informe oficial, se deduce que el objeto se desplazaba a una media de un mínimo 650 kilómetros por hora. Explicación: es rotundamente imposible esa velocidad media en un Boeing 757 a esa altura. Además, a esa velocidad, el giro de 330 grados descendiendo supera los límites del gravedad que pueden soportarse. Los expertos concluyen que no podía tratarse de un avión comercial.
9.37 horas: el vuelo 77 alcanza a ras de suelo el Pentágono a una velocidad de 880 kilómetros a la hora. Explicación: es rotundamente imposible que un avión volando a apenas unos palmos del suelo pueda alcanzar esa velocidad. Para todos los expertos no podía ser un Boeing 757.
10.30 horas: las autoridades concluyen que el objeto que fue detectado en radar era el vuelo 77, que se estrelló contra el Pentágono. La razón por la cual no se captó durante más de media hora habría que burcarla en un problema del funcionamiento de los radares que seguían al Boeing 757. Explicación: ningún tipo de error técnico puede provocar que a la vez que se desconecte el transpondedor desaparezca la señal en el radar de modo primario. Tal justificación oficial no puede basarse en ninguna razón técnica real y más bien parece una forma de justificar la “versión oficial”.

Las filmaciones a examen

Filmación del impacto en la fachada del Pentágono.Las dos filmaciones del atentado del 11-S que ha dado a conocer el Pentágono no demuestran que un avión se estrella contra el edificio más importante de Estados Unidos. Ambas secuencias fueron obtenidas por las cámaras de seguridad que rodean el perímetro del edificio. En concreto, las tomas liberadas fueron tomadas a unos cien metros de distancia del punto de impacto desde casi el mismo ángulo de visión. De las 84 filmaciones solicitadas, el Gobierno ha reconocido que sólo en estas dos se observa lo que ocurrió aquella mañana. El contenido del resto de secuencias no ha sido todavía dado a conocer, pero se antojan necesarias para saber la verdad de lo ocurrido.

Sin embargo, del análisis efectuado por los expertos y por nosotros mismos se deducen muchas cosas interesantes. En realidad, durante los primeros segundos de la secuencia no ocurre nada hasta que en un momento determinado aparece “algo” que se aproxima al edificio, pero en ningún momento se observa en su totalidad. En el fotograma siguiente, el objeto en cuestión ya ha penetrado en el interior del edificio. Gracias a este detalle y teniendo en cuenta que entre una y otra toma apenas discurre un segundo de tiempo puede calcularse la velocidad a la que se aproximaba el avión o misil aunque sin total precisión. En todo caso, dicha velocidad oscilaría entre los 350 km/h y los 800 km/h, aunque hay investigadores muy meticulosos como Russel Pickering que, tras estudios muy complejos calcula la velocidad de impacto en 550 km/h. Dichas velocidades no pueden alcanzarse a esa altura por un avión de pasajeros como el que se supone provocó el atentado y menos si estaba pilotado –así lo dice la versión oficial– por un hombre inexperto que jamás había tomado los mandos de un avión.

En la primera filmación se observa algo parecido a una estela delante de la cual estaría teóricamente la aeronave que reacción que la generaba. Dicha estela mide según los cálculos unos 20 metros de longitud mientrs que el objeto que la proyecta estaría detrás del mojón que aparece en la toma pero que no puede cubrir en ningún caso un artefacto que midiera más de 25 metros de longitud, cuando un Boeing 757 como el que se estrelló medía 47 metros. Mientras, en la segunda filmación se observa el objeto aproximándose con algo más de nitidez. Según nos explica Pablo Díaz, controlador con 30 años de experiencia en el aeropuerto de Barajas, en donde ocupó diversos cargos, entre ellos Coordinador de Operación de la Torre de Contro, los que ahí se ve es claramente «lo que parece la cabina o parte delantera de una aeronave». Sin embargo, por sus dimensiones «es mucho menor que un Boeing 757». Así es, pues tras efectuar los cálculos y a sabiendas de que no se observa todo el objeto –a lo sumo sus ocho primeros metros– sí se puede asegurar que entre el suelo y la parte superior del objeto hay entre 2 y 4 metros, cuando en el caso de un Boeing debería alzarse entre 6 y 8 metros si el avión se hubiera casi arrastrado sobre la hierba, alto que dicho sea de paso es altamente improbable pues a esa velocidad el mínimo descuido u obstáculo habría provocado que el avión hubiera estallado antes de alcanzar el edificio. Además, debido a la incidencia de la luz en ese momento, en el objeto que se aproxima se hubiera visto una traza roja identificativa de la compañía American Airlines, a la que pertenecía el avión que según la versión oficial causó el impacto.

Pero todavía podemos encontrar muchas más pistas en las imágenes que ahora se han dado a conocer. Y es que la bola de fuego que se genera tras el impacto ofrece numerosas pistas que en principio pueden pasar desapercibidas. El citado Jean-Pierre Bunel explica que dicha explosión parece proyectarse de dentro hacia fuera, lo que abogaría por la tesis de que el objeto estrellado penetró primero en el edificio y posteriormente explotó. Además, dicha bola de fuego no se proyecta únicamente hacia arriba sino también en horizontal, algo distinto a lo que ocurrió con la bola de fuego que se generó tras el impacto de un avión ese mismo día contra las Torres Gemelas. Este hecho quiere decir que lo que generó ambos estillados tenía componentes químicos distintos. Así, el fuego de las Torres Gemelas era menos pesado que el del Pentágono, y no es algo baladí: el estallido del hidrocarburo de un avión es menos pesado que el fuego de una explosión provocada por un misil. Además, la temperatura del fuego puede calibrarse en función del color de la bola de fuego, que es más intensa en el Pentágono que en las Torres Gemelas del mismo modo que siempre sería más intensa en el caso de un misil que en el caso de un avión. Todo esto hace pensar a Bunel que ambos atentados fueron distintos: «Lo que se ha filmado en el Pentágono es una explosión y no una deflegración. Un avión explota porque no porta carga explosiva, simplemente deflegra, pero las características de estas imágenes indica que una carga explosiva detonó en el Pentágono. Sin lugar a dudas, se trata del impacto de un misil». Tal tesis la sostiene también Jim Hoffman, un escéptico que, aunque confiesa que podría haber participado en la escena un avión de pasajeros, recogió testimonios de individuos que estaban dentro y fuera del edificio que relatan movimientos y sensaciones propias de la generación de una onda expansiva tras el impacto, algo que sólo sería explicable en caso de que algún tipo de carga explosiva la originara. «Hay indicios para pensar en la presencia de un Boeing en la escena, pero no hay nada concuyente tras el análisis para sostener que el vuelo 77 fuera el responsable del atentado», dice Hoffman. Aún así, expertos como Bunel han localizado en las imágenes rastros de vapor de agua tras la explosión que se generan como reacción química a una explosión pero no al estallido de un avión. La confusión es total y absoluta, pero el poderoso destello que se genera tras el impacto y la presencia de trazas de humo blanco vuelven a ser indicios que sostienen la tesis del misil debido a que son rasgos de alto poder energético asociado a cargas explosivas.

Vuelo 77: Maniobras imposibles

Está documentado que el terrorista acusado de haber pilotado aquel vuelo –Hani Hanjour– era un nefasto piloto que, apenas dos semanas antes del 11-S, no obtuvo permiso ni siquiera para volar sólo en una avioneta Cessna en la academia Bowie’s Maryland Free Way Airport, situada muy cerca de Washington D.C. Un instructor del centro –Sheri Baxter– y el jefe de profesores –Marcel Bernard– avalaron la decisión ante la incompetencia como piloto de Hanjour. Y servidor se pregunta: ¿cómo aquel supuesto terrorista de Al Qaeda, que era el peor piloto del mundo fue capaz de maniobrar como un as capaz de quebrantar las leyes de la física y la aeronáutica? Les puedo asegurar que no conozco a nadie que, con la información en la mano, afirme que aquel hombre pilotara ese «eco no identificado» capaz de gobernar los mandos de un avión con tan soberbio tino.

En anteriores trabajos ya expusimos cómo la “versión oficial” falta a la verdad. Buena puntilla en la investigación fue reproducir virtualmente con simuladores de vuelo la “versión oficial”. Fue una misión ardua y tediosa, que se repitió el máximo número de veces con objeto de extraer conclusiones válidas. Tras hacer el trabajo, cada uno de los dos equipos firmó una serie de conclusiones que a continuación les resumo:

* El primero de los equipos efectuó 10 intentos de reproducir el atentado tal cual nos lo transmitieron. Sin embargo, por más que se intetó no hubo “éxito” en ninguna ocasión.

* El segundo equipo lo intento en otras 10 ocasiones. Y el resultado fue idéntico: cero “aciertos” pero no logró en ninguna ocasión. F. J. G., piloto de aerolíneas comerciales con más de 20.000 horas de vuelo a sus espaldas, encabezó los ensayos. Tras fracasar en repetidas ocasiones, aseguró en su dictamen final efectuado para esta investigación: «No hay ninguna posibilidad de que se ejecutara en realidad el atentado del Pentágono: la maniobra es imposible para un avión.»