Juan Pablo II y Alí Agca.

Los años pasan… y las preguntas persisten respecto al intento de asesinato de Juan Pablo II. Sabemos quién ejecutó el plan, sabemos que fue un terrorista que pertenecía a un grupo turco, pero no sabe quién y para qué lo diseñó. Desde hace unos años, ese lobo gris, Ali Agca, está en libertad. Nada de lo que afirma ahora tiene sentido. Es como si su sentido común hubiera ido al mismo pozo que la verdad sobre un acontecimiento que podría haber cambiado la historia. 

El preso más famoso y enigmático del mundo está en libertad. En la mañana del 12 de enero de 2006, una decena de militares y agentes de seguridad turcos protegieron al hombre que intentó matar al Papa cuando abandonaba para siempre la cárcel de Kartal en Estambul. Con gesto serio, posó ante las cámaras mostrando la portada de la revista Time en su primera edición de 1984, en la cual Juan Pablo II estrechaba la mano de su verdugo en la sala de visitas de la cárcel italiana de Rebibbia en diciembre de 1983 tras conversar durante 18 minutos.

Sin embargo, apenas cuatro días después del intento de magnicidio el Papa perdonó a Agca; precisamente, fue la voluntad de Karol Wojtila la causa por la cual el gobierno de Italia le concedió el indulto en 1999, después de haber sido condenado a cadena perpetua. Pese a ello, Agca continuó entre rejas puesto que tenía pendiente en su Turquía natal la pena por el asesinato del periodista Abdi Ipekci, por el cual fue condenado a 25 años de prisión, de los cuales sólo ha cumplido seis por razones que no han sido explicadas de forma coherente. ¿Un error del sistema judicial? ¿Un pacto a cambio de su silencio? ¿Una osadía del gobierno de Turquía para inquietar a Occidente? Nadie lo sabe. Lo único cierto es que incluso siendo beneficiado de la lectura más benigna de las leyes de aquel país, Agca debería haber seguido en prisión, por lo menos, seis años más.

Ali Agca siempre ha actuado según su particular lógica. Quizá no es casualidad que en la portada de la revista Time que mostró tras salir de la cárcel pudiera leerse el siguiente titular: “¿Por qué perdonar?” Parecía una pregunta que el propio semanario efectuaba al desaparecido pontífice. Pero a sabiendas de cómo ha actuado siempre el terrorista turco, pareciera sugerir que quizá iba a responder en venideras fechas a esa cuestión. Y no precisamente en la línea de Juan Pablo II, que siempre consideró a Agca un instrumento de diablo para que se cumpliera la profecía del Tercer Secreto de Fátima. Porque sólo él –y aún así nadie puede estar seguro de ello– sabe la verdad…

Las primeras pistas conducen a Moscú

El 13 de mayo de 1981, Ali Agca asomó un revolver Browning sobre la multitud que aclamaba a Juan Pablo II y abrió fuego contra él. Le hirió de forma severa pero no le asesinó. Nunca se supo si Ali Agca actuó en solitario o fue el pistolero elegido por un grupo de conspiradores que pretendía acabar con la vida de un pontífice que ya estaba cambiando la historia. Precisamente, la teoría del complot internacional fue la que más hondo caló en la opinión pública mundial. Incluso tras su liberación, muy pocos ponen en duda la tesis de la llamada “pista búlgara”, según la cual los altos mandos de la URSS encargaron el asesinato a los servicios secretos de Bulgaria, los cuales, gracias a sus contactos con el grupo terrorista turco Lobos Grises, idearon la trama para que el pontífice polaco no pudiera llevar a cabo sus planes de acabar con el comunismo a partir de su apoyo al sindicato Solidaridad de Polonia, que acabó por provocar años después el levantamiento del pueblo contra el gobierno comunista, generando una reacción en cadena que concluyó con la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS.

Tanto Juan Pablo II como el presidente norteamericano Ronald Reagan siempre fueron considerados como los líderes morales de ese triunfo sobre el Pacto de Varsovia. Si ese 13 de mayo de 1981, Wojtila hubiera muerto, «aquella década hubiera sido otra y nuestro mundo no sería este», escribió Hermann Tertsch en el diario El País el pasado 12 de enero. Y es que en realidad, el intento de magnicidio catapultó hacia la santidad en vida al propio Papa y elevó su autoridad moral en la lucha contra el comunismo. Quizá lo más acertado sería decir que sin ese intento de asesinato la Historia hubiera sido diferente.

Sin embargo, el predicamento en la opinión pública de la llamada “pista búlgara” es inversamente proporcional a las pruebas que implican a la URSS y Bulgaria en el complot. Ninguno de los procedimientos judiciales que se llevaron a cabo en Italia pudieron confirmar a participación de elementos búlgaros en el fallido asesinato. En uno de ellos, el magistrado Ferdinando Imposimato no pudo atar cabos para demostrarlo. En su opinión, tras el complot existieron otros individuos que todavía estarían vivos y deseando que no se conozca una verdad que sólo Agca sabe: «Conoce muchas cosas, sabe quién le encargó matar al Papa y estoy convencido de que ahora que está en libertad su vida corre peligro», afirma Imposimato seis meses después de que la desclasificación de documentos secretos de la época comunista en Bulgaria no sirvieran para implicar al bloque del Este en el magnicidio.

¿Pretendía Ali Agca asesinar al Papa?

Tras los disparos, Juan Pablo II tuvo que ser operado de urgencia durante más de cinco horas. Sufrió doce cortes en el intestino, le extirparon un total de 55 centímetros, le practicaron una colonoscopia y tuvo que recibir una transfusión. Cuando entró en el Hospital Gemelli, el equipo de médicos se temió lo peor, pero cuando abrieron el abdomen y descubrieron cuál había sido la trayectoria de la bala respiraron aliviados, sin dejar de tener en cuenta la extrema gravedad del paciente.

Cinco días después, el Papa quedó fuera de peligro. Pero las incógnitas no quisieron abordarse entonces. Ya había sido detenido Ali Agca, el autor de los disparos y ya se sabía de él que era un asesino profesional y miembro de los Lobos Grises, en cuya organización había granjeado pese a su juventud fama de tirador certero. Al analizar los detalles surgen las dudas, puesto que Agca disparó a menos de seis metros del Papa. Para hacerlo, lo hizo levantando la pistola entre los asistentes situando el cañón hacia abajo. Para Francesco Bruno, que trabajó en los servicios secretos italianos entre 1978 y 1987 como criminólogo, la forma de disparar y la distancia a la que lo hizo, es idónea sólo para causar heridas severas: «No tuvo jamás la intención de matar al Papa, sino herirle de gravedad». Y es que desde su situación, si Agca hubiera disparado frontalmente en dirección al tórax hubiera asesinado al Papa… «Así lo habría hecho cualquier asesino profesional. Y él lo era», sentencia Bruno.

El predicamento que tiene la llamada “pista búlgara” es inversamente proporcional a las pruebas que implican a la URSS y Bulgaria en el complot.

Pero además hay otro detalle importante: la pistola utilizada. Y es que Ali Agca efectuó los disparos –uno o dos, siempre ha existido disparidad de versiones– con una pistola semiautomática Browning del calibre 9: «Ningún asesino serio la habría usado para matar a su víctima», señala el criminólogo italiano. Y es que fue concebida, por ser ligera y precisa, como arma de defensa personal pero no como de ataque. Incluso su capacidad ha sido polémica en aquellos ejércitos como el argentino, que la adquirieron para sus hombres: «Tenemos documentados casos en los cuales un delincuente sigue huyendo aun después de dos o tres disparos», puede leerse como queja en la revista oficial Tecnología para Defensa. Por esta razón, sus fabricantes decidieron cambiar posteriormente el calibre por un parabellum para hacerla más potente y sus disparos sí pudieran ser mortales.

Fotografía que captó el instante exacto del disparo de Agca contra Juan Pablo II.

Fotografía que captó el instante exacto del disparo de Agca contra Juan Pablo II.

El terrorista turco recibió la pistola unos días antes de cometer el atentado, mientras se encontraba en un hotel de Palma de Mallorca. Se había fugado de la cárcel en noviembre del año anterior tras haber sido condenado a muerte. Siempre se sospechó de la facilidad que tuvo para escapar de prisión así como para desplazarse por media Europa sin ningún tipo de problema. La posibilidad de que hubiera estado protegido por alguien en todo momento siempre ha estado presente. Incluso cuando partió hacia Roma desde el Aeropuerto de Son San Joan en Mallorca, el detector de metales “pitó” a su paso, pero tras las comprobaciones pertinentes le dejaron continuar ya que oficialmente fue un cortauñas la causa de que saltara la alarma. Ya en Roma, el día 9 de mayo obtuvo una suerte de visado para poder estar cerca del Papa en los actos de aquellos días y el 13 de ese mismo mes intentó cometer el atentado.

La posible existencia de un complot contra el Papa encabezado por los soviéticos se hizo hueco en la prensa italiana apenas una semana después del atentado. Al parecer, un informe de los servicios secretos italianos apuntaba en esa dirección, pero según informaría el 1 de febrero de 1982 el diario La Repubblica, aquel documento no existió en realidad.

¿Falsas pistas búlgaras?

Sin embargo, la llamada “pista búlgara” cobró cuerpo en el verano de 1982 a raíz de las informaciones publicadas por la periodista norteamericana Clara Sterling. Según esta informadora, los Lobos Grises mantenían abierta una ruta de tráfico de drogas y armas entre Turquía y Bulgaria con la connivencia de altos mandatarios y el control de los servicios secretos de este último país. La existencia de esa trama fue aprovechada por el KBG para encargar el intento de asesinato de Juan Pablo II, para lo cual los Lobos Grises eligieron a uno de sus pistoleros con menos escrúpulos: Ali Agca. Entonces, se tramó su fuga de prisión y se organizó toda la cobertura para que cometiera el crimen, habida cuenta de la existencia de una amplia logística, ya que según Sterling, los Lobos Grises se habían convertido en una herramienta que los servicios secretos ex soviéticos controlaban y utilizaban según convenía.

Aunque en un principio el propio Ali Agca sostuvo la teoría “oficial”, la “pista búlgara” nunca se ha sostenido en pruebas confirmadas. Los diferentes personajes de nacionalidad búlgara que fueron procesados siempre acabaron en libertad y el propio Papa manifestó sus dudas. En su libro Memoria e Identidad califica a Agca como la punta del iceberg de un plan que nada tuvo que ver con los búlgaros. También insistió en ello el presidente italiano Giulio Andreotti, que según recuerda, en una entrevista con el Pontífice «le dije que con los datos que yo tenía se excluía una participación búlgara y que, por tanto, debemos buscar la verdad en otra parte». Y es que según muchos estudiosos, la “pista búlgara” fue un montaje –«el mayor de la historia», dice el autor francés Christian Roulette– que tenía por objeto ocultar las pistas que condujeran a la verdad.

El su libro El día de la cuenta, el sacerdote español Jesús López Sáez presenta algunas de las inconsistencias de la teoría “oficial”. Recuerda que la periodista que dio a conocer la “pista búlgara” había publicado un libro sobre terrorismo en Bulgaria cuyas informaciones estaban basadas en datos falsos que la CIA le había proporcionado, según demostraron Bernstein y Politi en su libro Su Santidad, editado en 1996. Además, Sterling pertenecía a un grupo de pensamiento político llamado “Centro de Estrategia y Estudios Internacionales” –CSIS–, que fue algo así como la “cocina de ideas” que inspiró a Ronald Reagan en su lucha contra el comunismo. De hecho, un miembro de este think-tank norteamericano ya había trabajado con Sterling en 1977 facilitando a la periodista informaciones sobre el presidente italiano Aldo Moro con objeto de detener el avance en el país de la izquierda. Este hombre era Michael Ledeen, antiguo agente de la CIA que junto al ex jefe de los servicios secretos norteamericanos, William Colby, fueron los más fervientes defensores de la “pista búlgara”.

Lobos grises, ¿un instrumento?

Sterling sostenía que Moscú controlaba a los Lobos Grises, pero nada más lejos de la realidad. La falta en los países occidentales de conocimientos al respecto permitió que la teoría de la “pista búlgara” se afianzara en la opinión pública. En realidad, los Lobos Grises –los Bozkurt, en lengua original– fueron el brazo armado de un partido político que emergió en Turquía a comienzos de los setenta –Movimiento de Acción Nacionalista (MHP)– y que sembró el terror asesinando a 5.000 militantes y simpatizantes izquierdistas. Aquel movimiento fue encabezado desde el comienzo por el veterano general Tukes, un admirador de Hitler que desde el seno del ejército turco siempre luchó con sus particulares métodos para frenar el avance de las políticas comunistas. Según señala Kendal Nezan, presidente del Instituto Kurdo de París, los Lobos Grises contaron con el apoyo de la CIA en sus acciones y en el aplastamiento de los movimientos independentista del Kurdistán. Además, según este mismo investigador, habrían estado detrás de algunos golpes de Estado en las ex repúblicas soviéticas que tuvieron por objeto alejarlas de la influencia de Moscú, algo que lógicamente también interesaba en la Casa Blanca.

Un importante trabajo dado a conocer por los académicos norteamericanos Frank Bordead y Howard Friel en la revista Covert Action Information Bulletin demostró con todo lujo de pruebas cómo la “pista búlgara” se sostenía sobre falsas pruebas. Pero lo sorprendente del estudio que ambos efectuaron es que señala a la CIA como la más interesada en potenciar esa teoría. De hecho, fue un periódico editado por la CIA en Italia llamado Daily Americam el primero en dar a conocer la existencia de un complot comunista en el intento de atentado. Pero Bordead y Friel van más allá: para ellos lo ocurrido el 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro fue ideado por los servicios secretos de los Estados Unidos en colaboración con otros organismos similares de Europa. Si así fuera, esta teoría explicaría por qué Agca viajó por toda comodidad por el continente en las semanas previas al atentado sin que nadie le apresara, pese a que su ficha había sido distribuida por las comisarías de todo el continente tras fugarse.

Y es que como recuerda el periodista chileno Hernán Uribe, «Agca recibió extrañas visitas de italianos y de no identificados personajes» tras las cuales «decidió colaborar en el armado del complot, cuya médula indicaba que él había recibido órdenes de búlgaros para matar al Papa. Acto seguido se buscó a búlgaros reales y el turno fue de Sergei Antonov, funcionario en Roma de la línea aérea de su país y quien jamás había visto al pistolero. Como sea, los verdaderos confabulados lograron el apoyo de los tribunales italianos, que en 1982 abrieron un nuevo juicio y ordenaron la detención de Antonov y de algunos turcos conocidos de Agca». Aquel proceso, como recuerda Uribe, concluyó con la declaración de inocencia de Antonov aunque «en 1985 se incoó un tercer proceso a raíz de nuevas invenciones de Agca, pero tampoco hubo resoluciones judiciales debido a evidencias irrefutables presentadas por los defensores de Antonov. La única “prueba” aportada por los acusadores consistía en que Agca había estado en Bulgaria en 1980, mas fue solamente por horas, de paso a Yugoslavia.»

La red de conexiones que facilitaron el atentado empezaría en algunos servicios secretos occidentales, atravesaría por personajes de “alto nivel” en la Italia de la época y se adentraría en el propio Vaticano. 

Quien también señala el apoyo de los servicios secretos occidentales a los Lobos Grises es el periodista alemán Jürgen Roth. Según explica, la organización turca formaba parte del mismo plan que la Gladio, una organización italiana que protagonizó varios atentados terroristas en los años setenta, de los cuales se culpó a grupos comunistas mediante argucias mediáticas y engaños a la opinión pública. Gracias a periodistas como Roth, se sabe de forma fehaciente que Gladio era un instrumento de la OTAN para frenar el avance de las ideologías comunistas. Al implicar a las izquierdas en terrorismo, la población italiana receló de los verdaderos intereses de los grupos políticos de esta tendencia. Explic Roth que dentro de este mismo plan, «los terroristas turcos recibieron apoyo occidental pese a que fueran una amenaza para la democracia».

Autores como Jesús López Sáez reniegan de la pista búlgara y sitúan la trama dentro del contexto político y económico de la Italia de entonces. En las mismas fechas del atentado se hicieron públicas las listas de miembros de la logia pseudomasónica P-2, en la que estaban implicados destacados personajes en una paranoica red de crimenes, atentados, fraudes económicos… Entre los “ilustres” que se vieron salpicados por el escándalo se encontraba un hombre llamado Francesco Pazienza, quien fue precisamente la persona que proporcionó las imágenes en las que se veía a Agca en Bulgaria. Dichas imágenes son las que se utilizaron por parte de los servicios secretos trasalpinos –SISMI– para sostener la “pista búlgara”. Pero curiosamente, Pazienza era íntimo de Marcinkus, el monseñor romano que manejaba la economía del Vaticano, y de un camorrista apellidado Cuoto, compañero de celda de Agca y quien le proporcionó esas imágenes al terrorista turco. Pero es que además, como explican Leo Coen y L. Sisti en el libro Marcinskus, el banquero de Dios, Pazienza era miembro de los servicios secretos de Francia y una especie de colaborador de la CIA en Italia. Le califican como «el hombre de Reagan en Roma». Casualmente –una vez más casualmente–, fue él uno de los responsables de fabricar la teoría del complot comunista…

¿Complot interno?

Algunos dirían que todas las pistan conducen a Roma. López Sáez y otros autores muestran información clarificadora al respecto. Entre ellos quien fuera jefe del contraespionaje italiano Ambrogio Viviani, que ha declarado que la logia P-2 estuvo involucrada en el crimen, una tesis que según el periodista Juan Arias, «es un tabú que nadie se ha atrevido a tocar». ¿Por qué? Porque si fuera así, la red de conexiones que facilitaron el atentado empezaría en algunos servicios secretos occidentales, atravesaría por personajes de “alto nivel” en la Italia de la época y finalmente se adentraría dentro de los muros del propio Vaticano.

En este punto es obligada la mención a Oral Celik, uno de los jefes de los Lobos Grises y que es considerado uno de los mentores de Agca. Años después de comenter sus fechorías, volvió a Turquía, “limpiaron” su historial y le permitieron participar activamente en la política de su país a este lado de la legalidad. Para él, la trama que se hiló para cometer el crimen tenía como último eslabón en la cadena a Ali Agca, pero «este disparador formidable hizo lo que era el cometido que le encargaron quienes organizaron el atentado: herir al Papa y no matarlo. Si él hubiera querido asesinarlo lo hubiera hecho». Y es que este jefe de los Lobos Grises ya declaró al diario romano Il Messagero en 1995 que aquella conspiración partió de la misma Santa Sede. Casualmente, en mayo de 2005, el propio Ali Agca sorprendió a propios y extraños cuando hizo sus últimas declaraciones: «El diablo está dentro del Vaticano, sin la ayuda de algunos cardenales y obispos jamás hubiera podido cometer el atentado». Cierto es que ni por profesión ni por historial merece credibilidad alguna, pero sólo él puede sacar de dudas a la humanidad y aclarar cuál de todas las teorías que ha promulgado en estos últimos 25 años es cierta. Por supuesto, siempre que le dejen. Y es que, ¿quién asegura que callar no es el precio que ha costado su libertad?  Sus últimas noticias proceden de su singular biografía, en la que dice que todo lo que se ha dicho hasta ahora es falso y que la persona que organizó el atentado fue el ayatolá Jomeini. Si alguna vez tuvo un norte, seguramente lo ha perdido del todo.